EREMITAS URBANOS ORATIONE, LABORE ET CHARITATE ¡SOLEDAD!



Su número crece cada día. Pasan su vida en oración, no temen la pobreza y rechazan cualquier jerarquía. Su fuerza está en contradecir el espíritu del tiempo. La Iglesia ha decidido reintegrarles en el Derecho Canónico. Lo que no quieren es, justamente, ser noticia. Buscan el silencio y la discreción. Su puerta permanecerá cerrada para quien se acerque como periodista, o simplemente como curioso. Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, pero no tendría acceso alguno a sus escondrijos si violase la promesa de no dar nombres ni direcciones. De todos modos, si alguien quiere buscar su rastro, que no los busque en lugares inhóspitos: es mucho más probable que los encuentre en las buhardillas de los centros metropolitanos. Me refiero a los eremitas. Han regresado por la puerta grande, su número crece cada año, aunque pocos lo saben, como es obvio, dado su empeño en pasar desapercibidos. La Iglesia, en cambio, sí sabe de ellos, y ha decidido volverles a dar un sitio dentro de su estructura, pues el Código de Derecho Canónico de 1917 los había ignorado. No por hostilidad, sino porque parecía que formaban parte de una página cristiana, larga y gloriosa, pero definitivamente cerrada.

Una página que se inició cuando en Oriente miles de creyentes huyeron al desierto o a las montañas: grutas y chozas se llenaron de solitarios que luchaban tanto contra leones y serpientes como contra diablos tentadores. La fama de sus ayunos, de las penitencias, del silencio ininterrumpido provocaba la afluencia de discípulos, y con frecuencia el solitario se veía obligado a acogerlos, creando –a veces contra su voluntad– una comunidad a la que dar una regla. También fue éste el destino de quien en Occidente iba a ser el origen de la forma de monacato que marcaría los siglos siguientes beneficiosamente. Benito de Nursia empezó como eremita pero su misma fama de santidad le sacó de la cueva y le forzó a transformarse en maestro y legislador de cenobios.

La Edad Media se llenó de eremitas, muchos de los cuales encontraban su sustento guardando cementerios, puentes o santuarios. El declive comenzó con el Concilio de Trento, que desconfió de los anacoretas porque eran incontrolables, y concluyó en el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa que persiguió a estos «parásitos asociales» a los que también consideraba «fanáticos oscurantistas». En el siglo XIX el eremita quedará relegado a ser casi un personaje de novela romántica, al estilo Conde de Montecristo. Dentro de la Iglesia, la vocación a la soledad había quedado canalizada desde hacía tiempo a través de órdenes religiosas como las de los cartujos o los camaldulenses, en las que el aislamiento va unido con la comunión con los hermanos en la oración y en la conversación.

Se decía que el silencio de Código eclesiástico de 1917 era significativo: ya no quedan anacoretas, fuera su regulación. Y en cambio, esta vocación –rara, pero insuprimible– desde luego no había desaparecido, sino que se incubaba bajo las cenizas, de modo que el nuevo Código publicado en 1983 ha tenido que levantar acta. En el segundo inciso del canon 603, la Iglesia reconoce oficialmente a los ermitaños como «consagrados» si «mediante voto u otro vínculo sagrado, profesan públicamente los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad, obediencia) en manos del Obispo diocesano», y si el mismo Ordinario del lugar les aprueba una regla que ellos mismos hayan redactado. Una legislación light, con requisitos mínimos, pero tal y como es obligado para una elección de vida inspirada por la obediencia a la Iglesia y a la lectura más rigurosa del Evangelio a la vez que por la libertad y la autonomía de los hijos de Dios que siguen una vocación particular y del todo personal.

Las estadísticas son difíciles, por no decir imposibles: aunque se les conoce, muy raramente los ermitaños responden a los cuestionarios. Ahora ha aparecido la investigación de los jesuitas americanos en las páginas de su revista cuatrimestral para consagrados Review for Religious. Hay que reconocer que esos religiosos americanos han tenido cierto éxito, pues de una muestra de 600 eremitas en todo el mundo han conseguido 140 respuestas. Una miseria para cualquier otra categoría social, pero todo un éxito dentro de la anómala categoría de los ermitaños, que si nos atenemos a las valoraciones fiables, contaría en todo el mundo con veinte mil personas. En Italia de mil a mil doscientos, divididos casi igual entre hombres y mujeres. La inmensa mayoría es católica, aunque no faltan otras confesiones cristianas y otras confesiones. Como alguien ha señalado, el anacoreta es el más ecuménico entre los creyentes porque recupera –viviéndolos todos los días– los valores que unen todas las confesiones: oración, penitencia, sacrificio, ayuno, alejamiento, contemplación

Parece que entre los nuevos ermitaños italianos también se cumple lo que revela la investigación americana, según la cual, solamente un dos por ciento ha elegido vivir en cuevas o sitios por el estilo, como galerías subterráneas. Ni la mayoría se encuentra en el campo o en las montañas. En realidad, el mayor número de los ermitaños actuales es «metropolitano». La gran ciudad es el verdadero sitio de la soledad, del anonimato, del combate silencioso contra los nuevos demonios. La mayoría tiene entre cincuenta y sesenta años, y son rarísimos los que están por debajo de los treinta. No hay más que recordar el viejo proverbio: «A joven ermitaño, viejo diablo». Todos los maestros de la vida espiritual han enseñado siempre que una vocación así distingue a una élite de hombres y de mujeres particularmente experimentados. De hecho, en el eremitorio no se tiene el apoyo de una comunidad fraterna; la soledad y el silencio constantes son un gozo sólo para quien realmente ha sido llamado; ni siquiera se cuenta con un hábito o un distintivo. No sólo: la obligada pobreza se convierte muchas veces en miseria, sobre todo para quienes han encontrado en la ciudad su «desierto», dado que el anacoreta buscará huir de toda «dispersión», y por tanto, de los trabajos en fábricas u oficinas, con lo que vivirá de las pequeñas cosas que pueda hacer dentro de sus modestísimas cuatro paredes. Esto casi nunca asegura unos ingresos suficientes para que una vida no se deslice desde la pobreza hasta la indigencia. Ésta es una de las razones por la que muchos esperan a tener una edad suficiente para una pequeña pensión, aunque sea mínima, que les permita cultivar en paz su propia vocación. En general tienen más suerte para el sustento diario aquéllos que tienen su cabaña en el campo. Todas las experiencias dan fe de que los inicios son difíciles por la desconfianza de los paisanos que se preguntan quién será ese «forastero» extraño que, por lo general, tiene un aire distinto (la mayoría tiene título universitario), que no recibe visitas, que no tiene ni teléfono ni televisor, que se va a la cama con las gallinas y se levanta con el alba y que sólo cruza con los demás –párroco incluido– las mínimas palabras indispensables. De modo que la primera visita, por lo general, es la del policía local, alertado por las observaciones de los vecinos. Después, poco a poco, se acepta al «forastero» como un miembro de la comunidad, algo extraño. Aunque la mayoría son laicos, también son numerosos aquellos sacerdotes, frailes o monjas que llegan a la vida eremita tras muchos años en comunidades tradicionales. Son los más afortunados, pues una vez que se les concede el permiso para dar el paso a esta nueva forma de vida, suelen tener la ayuda de la familia religiosa de la que provienen.

Pero, ¿por qué una elección así? Lo primero que hay que decir es que se trata de una vocación, una llamada, que ha florecido de nuevo por reacción a la borrachera «comunitaria», «social» que ha arruinado muchos ambientes religiosos. El exceso de insistencia en el compromiso con el mundo y el desbordamiento de las palabras, habladas y escritas, han llevado a muchos, por contraste, a redescubrir la fuerza de la oración y el gozo del silencio. El ermitaño da su vida por cosas «inútiles» según el mundo y, desgraciadamente, también según cierto eficientísimo cristiano actual. La sencilla regla que él mismo se escribe, y que si quiere somete a la aprobación del obispo, prevé, sobre todo, horas de oración, de lectura espiritual, de meditación. Prevé vigilias, ayunas, penitencias, renuncias. En el ermitaño hay un rechazo radical de la lógica mundana, para la cual sólo la acción, la política, el compromiso social, las inversiones económicas pueden cambiar el mundo para mejor. Él, por su parte, ha respondido a una llamada que le ha hecho comprender hasta el final que sólo quien entrega su vida la salva, y que el modo más eficaz de amar y de ayudar es el de sepultarse bajo el anonimato, el silencio, la impotencia, creyendo hasta el fondo en los misterios vínculos de la «comunión de los santos». Creo que esto es lo que quería decir la inscripción que vi en la pared de la habitación de un anacoreta en una casa deteriorada del corazón de Turín: «El que va al desierto, no es un desertor». Nada de un desertor, sino más bien un creyente que, en vez del activismo constructivo sólo en apariencia, ha decidido practicar la forma más alta de caridad en la perspectiva evangélica: la oración ininterrumpida por todos, en la soledad y en el silencio más radicales.


«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos» ¿Qué le pasó a la Iglesia Católica?






En torno a esta pregunta giro el programa el informarte, un análisis sobre la crisis de confianza que afecta a la iglesia.
No somos santos, somos iglesia-pueblo y comunidad llamados y caminantes hacia la santidad siendo realmente consiente de nuestra condición humana, peregrinante, pecadora, débil  y desde allí juntos trabajar por la santidad de todos sus miembros desde nuestras realidades, generando lazos unión, saliendo a las fronteras con una actitud dialogante en la verdad y la caridad , volviendo al estilo de Jesús acogiendo, escuchando y escuchándonos, esto es tarea de todos y cada uno de los que formamos la iglesia. Desde el obispo hasta el más pequeño de sus miembros.
Una iglesia donde no caben las actitudes autocomplacientes, del poder por el poder, tampoco ser católicos por inercia, sino que  promotores de la cultura del encuentro y de la paz, del servicio, de la verdad. Donde la misericordia propicia la justicia con todos y la caridad abre posibilidades nuevas de justicia. Pero esto no es posible si se sigue anclado a posiciones rígidas y a formulaciones de tiempos pasados.
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos» Marcos 9:35


Los que somos o deseamos ser  discípulos de Jesús hemos  de renunciar a ambiciones, egoísmos y vanidades. Sino que más bien “tomando nuestras cruces” y consientes de ellas  no cargar con más cruces a los otros, así nadie podrá pretender estar sobre los demás, al contrario, hemos de ocupar el último lugar, ponernos al nivel de quienes no tienen poder ni ostentan rango alguno. Y, desde ahí, ser como Jesús: «servidor de todos».
Una Iglesia que acoge a los pequeños e indefensos está enseñando a acoger a Dios. Una Iglesia que mira hacia los grandes y se asocia con los poderosos de la tierra está pervirtiendo la Buena Noticia anunciada por Jesús.

Sma.Trinidad ejemplo de vida en comunidad

No en vano Dios Uno y Trino ha creado todas las cosas y en particular la más noble entre todas ellas: el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios Uno y Trino, es decir, de Dios-Comunidad de personas. El ser humano no puede realizarse sino en relación con los demás, nunca al margen de los demás. Corresponde al hombre vivir y relacionarse entre sí a imagen y ejemplo de la Trinidad. Por tanto la invitación –llamado es hacer de la suerte del otro la mía, hacerme pan partido que se comparte.

Al contemplar el misterio de la Santísima Trinidad, podemos destacar  algunos rasgos de los que podemos extraer  aplicaciones prácticas para la vida común. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo en perfecta comunión y reciprocidad. En consecuencia, la vida en comunidad deberá desenvolverse a tenor de una perfecta comunión de vida y acción. Si perder la identidad personal e individual, sino que más bien colocando todos los talentos al servicio de los otros. Dios no es más que uno en sí y en Dios hay tres personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo ni el Hijo superior al Espíritu Santo, aun cuando sean muchos, serán sin embargo un solo corazón y una sola alma.

Esto lo podemos aplicar en la vida de familia, comunitaria y social.

Feliz Domingo de la Santísima Trinidad.

SALUTIS HUMANAE SATOR

Fiesta de la Ascensión



Con los ojos y el corazón entre el cielo, la patria prometida y la tierra junto a los hermanos.

La solemnidad de la Ascensión nos llama a una vida fraterna y en comunión con Jesús , Señor de la vida, mostrándonos el camino y como desde nuestra realidad del día a día ir construyendo el Reino con la esperanza puesta en la promesa de la patria verdadera. Dejemos que su presencia actué con la fuerza del Espíritu. 

Oh Jesús, alegría de los pechos,
Oh Sembrador de la salud humana,
Que redimiste al orbe que creaste
Y eres la casta luz de quienes te aman.

¿Qué clemencia te inclina hasta el extremo
De soportar nuestras pesadas culpas,
Y de morir, no obstante tu inocencia,
Para salvarnos de la muerte dura?

Tú violentas el caos del infierno,
Libras a los que en él están cautivos,
Y después de alcanzar tan noble triunfo
Subes hasta la diestra del Altísimo.

Que tu propia indulgencia te constriña
A reparar del todo nuestros daños,
Y a permitirnos contemplar tu rostro,
Y a enriquecernos con su brillo santo.

Tú que eres senda y guía hacia los cielos
Sé la meta de nuestros corazones,
El consuelo de todas nuestras lágrimas
Y el dulce premio a nuestras vidas de hombres.


(Himno de la escuela ambrosiana, está compuesto entre los siglos VII y VIII).

24 de Abril : Fiesta de Santa María Eufrasia, Una Vida caminada por la senda del amor



Hoy nos unimos a la celebración de la feliz memoria de Santa María Eufrasia Pelletier, llamada a llevar por el mundo el Amor Misericordioso de Jesús Buen Pastor, su vocación de ardiente celo apostólico, se desarrollando a través de su vida y se prolonga a través del tiempo. 



Su vida y la obra que el Espíritu Santo hizo brotar es un don y regalo que pertenece a la Iglesia como una herencia y legado a la que estamos llamados todo los cristianos.
Santa María Eufrasia nos acerca, nos invita a caminar por la senda del Amor que sana y restaura toda herida con una actitud abierta al otro/a

“Acordaos que debéis guardar lo amargo de las cosas y dar a los demás la suavidad. Igual a la higuera que conserva en ella toda la amargura y no da sino lo dulce”.

El verdadero silencio de los Inocentes

El pasado 2 de abril un grupo fundamentalista mató a 147 universitarios cristianos en Kenia. Los asesinos separaron antes a los musulmanes de los cristianos. Algunos testigos afirman haber visto cuerpos decapitados… 

Esta noticia horrorosa todo el mundo la conoció, pero los medios de comunicación guardan silencio sobre otras que ocurren todos los días. 

Desgraciadamente es sólo una de las tragedias más reciente en Nigeria, Pakistán, Libia, Siria o Irak. ¿Las víctimas? Siempre las mismas: cristianos pacíficos. Sufren discriminación social, legal, laboral, persecución o violencia atroz. Mientras tanto, Occidente parece querer seguir mirando para otro lado.
La situación es tan insoportable que el observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas, Mons. Silvano Tomasi, ha pedido la intervención armada para frenar al llamado “Estado Islámico”.
El propio Papa Francisco se ha referido a los cristianos perseguidos la pasada Semana Santa:
“Debemos proteger a nuestros hermanos y hermanas perseguidos, exiliados, asesinados y decapitados. Son nuestros mártires. Y son mucho más numerosos que en los primeros siglos de la Iglesia (…) Yo espero que la comunidad internacional no mire para otro lado y se mantenga muda e inerte frente a este crimen inaceptable”.
En este ambiente, la cristiana pakistaní, Asia Bibi –injustamente encarcelada y condenada a muerte- nos ofrece una muestra de fe, firmeza y esperanza desde su corredor de la muerte. Así escribía la pasada Pascua de Resurrección:
"En la Pascua de Jesucristo nos da un ejemplo de la paz y el perdón. Todos tenemos que aprender de la enseñanza y el sacrificio de Cristo, crucificado por nosotros. Perdonó a todos y a todo mal. En este día especial pido para que los cristianos en Pakistán puedan vivir y orar en paz”
Creo que todos los cristiano y hombre y mujeres de buena voluntad debemos tener un claro compromiso con los cristianos perseguidos. Tomando conciencia que por gracia de Dios vivimos y profesamos nuestra fe con plena libertad, cosa que muy poca veces valoramos.
Debemos dar con nuestra voz, “Voz” a todos los mártires y testigos del sufrimiento de los cristianos en el mundo. Así como lo hemos hecho en otros tiempos cuando otros eran perseguidos y muertos, sin importar quienes eran o que profesaban. No voy a dar ejemplo de aquello, todos conocemos y sabemos de que hablo.

Me pregunto dónde están o en que estamos los cristianos que no levantamos nuestras voces, es muy cierto que el martirio ha sido el sello más glorioso de nuestra fe y sus frutos “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn. 15,13) y aún más cuando es ofrendada por aquellos que se consideran “enemigos” pero eso no significa que guardemos silencio o seamos espectadores del horror y la injusticia. E insisto en mi pregunta y la extiendo más allá de la iglesia ¿Dónde y en que estamos , porque el silencio de la sociedad, en especial ( grupos sociales , políticos, Ongs , países y gobiernos ,etc.) aquellos que gritan desde lo más alto reclamando los derechos humanos , porque en las páginas web de algunas comunidades religiosas no aparece o aparece tímidamente una muestra de solidaridad con nuestros herman@s que derraman su sangre cada día. Sera que es porque son orientales y los consideramos a todos iguales de fanáticos y radicales? E insisto ¿Y dónde están ahora los paladines de la libertad y los derechos mientras se cometen crímenes más terribles contra personas indefensas? No oigo las protestas, no llegan los panfletos, ni las convocatorias, ni las muestras de apoyo o de adhesión. No hay marchas ni velas como en París.
Sí, hablo de las masacres de cristianos que han empapado de sangre tantos lugares es porque son mis hermanos, así como los tuyos. No pido una cruzada, ni armas, aunque tienen el legítimo derecho a defender sus vidas. Pido el arma más poderosa que tenemos los cristianos, nuestra oración constante y ferviente, nuestro celo y coherencia. Si hasta en los pulpitos de nuestra iglesia hay silencio en torno al tema, me ha tocado asistir a Misa estos domingos en diferentes parroquias y nada, ni una palabra.
La única voz “potente” que escuchado y se ha levantado es la de Papa Francisco y de los pastores de aquellos que sufren la persecución pero el mundo guarda silencio y aún más, me ha tocado escuchar decir “Pero si nosotros causamos dolor antes con nuestras cruzadas” como justificando lo que ocurre hoy. Es muy cierto, lo hicimos pero era otra la concepción del hombre, de Dios y de Iglesia en esa época , se supone que hemos avanzado y tomado conciencia que cada vida humana vale por lo que es “Un Don” y como Iglesia lo hemos reconocido y pedido perdón, reparando con actos muy concretos ,condenado el uso de la intolerancia y hasta la violencia.
 

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Este SÍ es el silencio de los inocentes.

“Teresa de Jesús: Patrimonio de la iglesia y de la Humanidad, escritora, mística y mujer”

La conmemoración del V centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús (1515-2015), Marcado está el día en que nacía en Ávila Teresa de Ahumada, que, andando el tiempo, tomaría el nombre religioso de Teresa de Jesús. Así la conocería y la conocerá la Iglesia y la humanidad. Una mujer que no pasó desapercibida para sus contemporáneos y cuya obra sigue vigente, no solo en la iglesia sino en los más distintos ámbitos del pensamiento, allí donde existe una inquietud por explorar la interioridad del ser humano. Se la ha llamado cartógrafa del alma, porque fue capaz de trazar un mapa para llegar a lo más hondo de la persona, a esa morada que ella descubrió habitada por un Dios que busca a la criatura para regalarse y regalarla.

La felicitamos y nos felicitamos con este texto de un ilustre contemporáneo:

«Me afirma quien la conoció muchos días, que nadie la conversó que no se perdiese por ella; y que, niña y doncella, seglar y monja, reformada y antes que se reformase, fue con cuantos la veían como la piedra imán con el hierro; que el aseo y buen parecer de su persona, y la discreción de su habla, y la suavidad templada con honestidad de su trato, la hermoseaban de manera que el profano y el santo, el distraído y el de reformadas costumbres, los de más y los de menos edad, sin salir ella en nada de lo que debía a sí misma, quedaban como presos y cautivos de ella, pues en estos naturales, como en tierra fértil y sazonada, prendió luego con firmes y hondas raíces la gracia que recibió en el bautismo, de manera que en los primeros años de su niñez dio claras muestras de lo que después pareció en ella».


(Fray Luis de León)

“Sursum corda”, levantemos el corazón

 “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16,6)
“¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Co 15,55)


Feliz Pascua 


Viernes Santo: La cruz, el grito y la aceptación

Dos narraciones opuestas a las que diferencia su singular percepción de la vida: o como un viaje a la nada o como un adentramiento en el principio y fundamento de todo bien, de toda confianza.

En primer lugar, esta la que recoge su grito en la cruz: "Eloi, Eloí, - Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?" (Mc. 15, 33). No solo se hace cargo de su desesperación, sino también de la angustia que nos asalta a todos los humanos cuando tenemos que afrontar el dolor, la muerte o la desolación.

La muerte experimentada como ruptura con los nuestros y con el mundo o como adentramiento en el silencio, en la oscuridad, en el vacío y en la nada, es una crítica radical a toda absolutización de la finitud, sólo existe ella y nada más que ella.
Pero junto con esta narración de la muerte, hay otra que enfatiza la inmensa confianza de Jesús: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23, 45). El mal trago es inevitable, pero deja de ser afrontado como un viaje a la nada, al vacío, a la oscuridad y al silencio para ser vivido como adentramiento en la morada del todo, de la luz y de la palabra definitivas de las que es posible disfrutar y hablar en el presente a partir de sus anticipaciones.

Son, como se puede apreciar, dos narraciones diametralmente opuestas a las que diferencia su singular percepción de la vida: o como un viaje a la nada o como un adentramiento en el principio y fundamento de todo bien, verdad y belleza a partir de sus anticipaciones en la finitud.

La primera expresa el modo de perecer de quien lo afronta como agobiante entrada en el vacío y en el silencio o, en el mejor de los casos, como fusión con el género humano y pacífica perpetuación en la historia. En este último caso, es una percepción que suele venir acompañada de algunos problemas para su "verificación existencial": de verdad, la finitud.

La segunda, sin dejar de reconocer la persistencia del dolor, de la ruptura y de la angustia provocados por el abandono, percibe el perecimiento como un segundo nacimiento que abre a la vida, a la paz y a la misericordia definitivas gracias a sus "chispazos de eternidad" en el corazón mismo de la condición finita. En tal percepción hay un cierto punto de debilidad intelectual, ya que no se impone ni lógica ni necesariamente y, a la vez, de grandeza, porque se propone como razonable fuente de sentido y esperanza.


En esa certeza hacemos silencio a la espera del cumplimiento confiado de la Promesa.

3 de abril: VIERNES SANTO: EL AMOR SIN MEDIDA

“Está cumplido” (Jn 19,30). 



Jesús se ha entregado por entero. Su última palabra es de triunfo. Recuerda hoy cómo colaboras tú en la tarea de anunciar a todos el amor de Dios. Di cada noche al Señor: “Está cumplido” y duerme confiadamente en él. 
Al acabar cada día, te diré mi Dios, amén. 


Oración       
Jesús, me postro ante tu cruz.       
En ella veo a todos los crucificados de este mundo:       
los que sufren violencia,       
los que están empobrecidos, deshumanizados,       
los que padecen enfermedades incurables,       
soledad, abandono, marginación.       
Dame valentía y creatividad       
para trabajar por un mundo más humano.       
Abre mi vida a la ternura entrañable,       
a la solidaridad compasiva.


Amén.  

2 de abril: JUEVES SANTO: DERROCHE DE DONES


“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). 

 “Ha llegado la Hora” de la Pascua, la hora del amor, que se compromete hasta el extremo. Otro gesto desconcertante de Jesús, otro más, rompe todos los esquemas, abre los ojos de esa nueva humanidad que está naciendo. Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto, toma la toalla, lava y seca los pies de los discípulos, dialoga, explica lo que hace e invita a realizar lo que él ha hecho.

“Haced esto en memoria mía”. ¡Qué palabras tan bellas de Jesús! ¡Qué palabras tan comprometidas! ¡Qué palabras tan cargadas de futuro! Jesús está en medio de todos como el que sirve. 

“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre” ( Salmo 115, 18) 


Oración:
Dios lleno de amor, 
asombrados ante tanto derroche de amor,
nos ponemos en tu presencia para adorarte
y darte gracias por tu entrega sin límites.
Sabemos que, si acogemos tu amor,
seremos un don

para los más excluidos de palabra, sitio, tarea.  

MIÉRCOLES SANTO: AUNQUE ES DE NOCHE




La celebración de la Pascua Judía se aproxima. Los discípulos se juntan, preguntan,  preparan la cena, esperan... Judas, que ya ha negociado la venta del Amigo, acecha ahora la coyuntura propicia para consumar su acción. 

“Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos” (Mt 26, 19).       

Jesús se pone a la mesa, anuncia una traición. La crisis se palpa en el ambiente; es noche oscura. Sería el momento de huir, de darse media vuelta. Pero Jesús vence la crisis en una cena, donde parte y reparte el pan con los que siempre serán sus amigos.  El vino nuevo, guardado en los odres nuevos del reino, se entrega para liberar de toda esclavitud al ser humano. La Nueva Alianza, como un arco iris, se abre paso en medio de la noche. 

“Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
Miradlo, los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos” (Salmo 68, 33-34). 

Oración:
Con todos los pueblos de la tierra cruzamos el mar Rojo,
dejamos atrás al enemigo.
Tu Pascua nos sostiene,
nos alegra en medio de las pruebas.
Y si caemos, de nuevo nos das la mano.
Eres único, Señor, Amigo verdadero.

¡Juntos andemos, Señor!  

MARTES SANTO: LA ENTREGA HASTA EL EXTREMO


La traición de Judas y la negación de Pedro, dos testigos del reino anunciado en las aldeas de Galilea, parecen llevar al fracaso toda la entrega de Jesús. Sin embargo, el Plan del Padre, aceptado por Jesús, llegará a su plenitud en el amor entregado libremente, que da la vida y capacita al ser humano para amar sin límites. El grano de trigo, sembrado en la tierra, dará fruto abundante. 

“Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar… Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado… Lo que tienes que hacer hazlo enseguida… Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él” (Jn 13, 21.26.27.31). 

Jesús revela, en los gestos de la última cena, la calidad de su amor. El amor de Jesús es un amor que: respeta la libertad del discípulo que va a entregarle, no lo delata delante de sus compañeros; ofrece amistad y libertad en el pan roto y entregado; regala vida, verdad, relación humana, filiación divina; es más fuerte que el odio mortal de sus enemigos 

“Mi boca contará tu auxilio,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas” (Salmo 70,15.17) 

Oración:
Tu entrega, Señor, me sobrecoge.
Tu amor hasta el final deja al descubierto mi pecado.
Hoy quiero acoger tu amor, agradecer tu vida,
comprometerme contigo en el camino.
Asegúrame, Señor, tu presencia,

y con mi vida te diré que te amo.    

La Palabra en Semana Santa Pequeña guía de Oración para cada día : Lunes Santo


LUNES SANTO: LA GRATUIDAD EN LOS LÍMITES

Nos acercamos a la Hora de la Salvación. “Seis días antes de la Pascua”, Jesús va a Betania, la casa de la vida y de la amistad. Una mujer, sensible y valiente, desea aliviar el dolor de Jesús y lo unge con ternura, anticipa su Pascua. En los límites del ser humano, cuando éste es solo un despojo, viene a su encuentro la sorprendente gratuidad. Una mujer, con los ojos del corazón limpios para la ternura, atenta a los signos que hay a su alrededor, se adelante y besa. El gesto de María de Betania abre caminos para aliviar la fragilidad de la humanidad doliente.          

“María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Jn 12, 3) 

Esta mujer del Evangelio de Juan “presiente” la “entrega” de Jesús y responde, derrochando sin cálculo, amor de compasión, de lágrimas y perfume. El perfume, guardado para un momento especial, lo derrama en esta “Hora” cargada de amor silencioso y entregado. Todos quedan envueltos en este aroma de belleza incalculable, sorprendidos por un gesto de cariño que les desconcierta y extraña. 

“Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor” (Salmo 26,13-14). 

Oración:
Llena mi vasija con tu perfume, Señor,

para que yo lo pueda derramar por los caminos.  

Semana Santa, semana para ir al encuentro

Amigos: En el inicio de Semana Santa, Dios nos conceda un corazón generoso, dispuesto a acompañar a su Hijo Jesús en la pasión que se actualiza en el dolor de cada uno de nosotros y en especial en aquellos que sufren cerca o lejos de nosotros. Que encuentren en nuestros corazones acogida nuestros hermanos que sufren en el norte de Chile, nuestros hermanos perseguidos por su fe y aquellos que sufren el abandono , la miseria o la enfermedad en cualquier lugar del mundo. No solo miremos o contemplemos a Jesús que camina hacia a la cruz, sino que tomamemos nuestra propia cruz y solidaricemos con aquellos que cargan sus propias cruces, sea nuestro propósito y empeño en estos días santos.

Abramos esta semana mayor con los ramos de olivo y palma, símbolo de la alegría del Evangelio; de la salvación que Jesús entrega como don al Pueblo de Dios, el abrazo reconciliador de la cruz. Esa este símbolo nuestra respuesta, que nos de fuerza para hacer el camino pedregoso y en subida del monte Calvario, pidiendo “Jesús, danos un corazón semejante al tuyo” Miremos a Jesús, o mejor, dejémonos mirar por él,  de cerca como su madre María, Juan, María Magdalena fieles y firmes a pesar del dolor junto a la cruz, como expresión sincera de la promesa de acompañarlo en la pena para seguirlo también en la alegría de la resurrección.

Qué Semana Santa nos recuerde que nada de lo nuestro, que nada de nuestras vidas le son ajenas, sean estas alegrías y tristezas a Jesús, el Buen Pastor que camino y camina nuestro caminos, que siente y palpa en su corazón.
Encomendemos a María, nuestra madre, quien más que nadie vivió y vive la Pasión de su Hijo.

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