Este Domingo 14 de febrero ya se va, en pocos días estamos celebrando Miércoles de Ceniza y con el, el comienzo del Tiempo Litúrgico de Cuaresma,  días que como sabemos nos llaman a profundizar los momentos de oración, reflexión, ayuno y penitencia.

Recuerdo que un día un niño pequeñito luego de asistir a la imposición de la ceniza, se me acerco y me pregunto porque todos llevábamos la ceniza en la frente, procure explicarle el simbolismo de la ceniza, claro al principio fue un tanto técnico, si se puede decir así, pero en fin me di cuenta que no entendía mucho de lo que yo le decía, así que recordé un hecho que me toco vivir hace algunos años y que me dejo claro a mí porque y para que la ceniza.

Vi un día a una señora campesino que una vez terminado de cocinar el pan en un horno a leña tiraba las cenizas a la tierra del campo, en mi interior decía "¡para qué lo hace si nada se puede sacar de algo estéril y muerto!", quedándome con esta idea, pero cada vez que preparaba su rico pan, nuevamente lo hacia, tirar la ceniza , no aguanté y le pregunté el porqué de esto, entonces escuché la explicación de que "la ceniza sirve para fertilizar y dar cuidado a lo que está abajo". Se puede ver mucha muerte y esterilidad sobre la ceniza, pero aún donde uno ve la muerte y la imposibilidad de que surja algo, ahí se da la vida.

La ceniza es uno de los símbolos más empleados en el antiguo Testamento como signo de penitencia y de la precariedad del ser humano ante Dios, que se dispersa y se pierde con el soplo del  viento, y que acompañada de las palabras liturgias : “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” nos hace referencia inmediata a lo pasajero, a lo efímero y para algunos hasta de la muerte, realidades que sabemos que nos tocan vivir en algún momento a todos, pero muy poco rescatamos el otro sentido y realidad de la ceniza: Da frutos y fertiliza nuestra vida.


Ceniza es un tiempo que nos recuerda la precariedad de nuestra existencia, que no nos pertenece y que a veces la tapamos con tantas preocupaciones que no son esenciales y que, al final, nos deja más vacíos e intranquilos, con la sensación de no haber aprovechando nuestro tiempo en la tierra. Pero hay esperanza en medio de toda esta inconsistencia de nuestro ser, puede surgir algo bello en medio de la inercia de la vorágine de nuestra existencia. La vida está ahí, presente, aunque no es algo que avasalle a su alrededor: es silenciosa, constante y permanente; que a pesar de la destrucción y de los peligros que se aprecien, sigue adelante, a su ritmo. La tarea nuestra es darnos cuenta de que está ahí presente, latente y patente a la vez, nuestro trabajo es respetar esos procesos de cambio, y trabajar para que ellos ocurran.

La vida es un trabajo de doble voluntad, en ella está el creador que da la vida, y la criatura que desea vivir. El campesino respeta a la naturaleza y sus procesos para todo de su fruto a tiempo. Dios también respeta nuestros procesos vitales, ahora es cuestión de nosotros querer reconocer que vamos en un constante camino hacia el encuentro con el creador, y que en medio de esta infertilidad y muerte puede surgir la vida, tal como Cristo nos lo recordará con su resurrección.

Vivamos Ceniza y la Cuaresma como un tiempo de penitencia y oración, de entrega y caridad, donde nuestro amor se done al otro, pero con un espíritu de profunda alegría, porque en lo oculto se va gestando la Vida. 

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