Alejandro Devés Valdés, Hermano de Jesús, de los Locos, Pobres y Abandonados (1955-2011)



Toca a su fin Agosto, el Mes de la Solidaridad, donde hacemos especial memoria de San Alberto Hurtado, sacerdote jesuita quien invito a Chile a reconocer en el pobre la presencia viva y real de Cristo.

Pero Agosto también recuerda a otro “Hombre Bueno” no tan conocido, que hace un año fue llamado a la Casa del Padre, se trata de Alejandro Devés Valdés  o como era conocido y llamado por mucho, el Hno. Alejandro, quien sin ser sacerdote o religioso  hizo de su vida una consagración, misión de servicio y entrega hacia los más pobres y abandonados, con su querida Casa de la Madre de Dios.

Tuve el privilegio, al igual que algunos, de conocerlo y ser por algún tiempo compañero y hermano en su empeño en favor de los más pobres entre los pobres  en la comuna de La Granja y alguna vez en los yermos cerros de la comuna de Padre Hurtado.

Nació un 27 de noviembre de 1955, en el seno de una familia católica acomodado, supo desde muy pequeño que gran porción de su patrimonio la reservaría a la Iglesia y a los más necesitados. Desde siempre tuvo una mirada personal sobre la pobreza y los pobres en Chile  y la inquietud de socorrerles, así lo hizo. Así lo recuerdan sus compañeros de estudios en los Padres Franceses, así también aquellos que compartieron con él durante su paso por algún tiempo por el Seminario, como parte de la búsqueda de dar una respuesta radical al llamado de Dios en su vida.

Quienes le conocimos, sabemos que era un hombre de silencio profundo, de honda oración, siempre cerca de sus manos el rosario, en su Casa un espacio consagrado a Jesús Eucaristía,  frente a Él comenzaba y terminaba su jornada, muchas veces en medio de la duro trabajo le podíamos encontrar allí, en intimidad con Jesús , esto lo hizo un hombre consecuente.
Pudiendo, nunca, por lo menos durante los años que tuve el privilegio de compartir con él, vivió en otro lugar que no fuera su Casa de la  Madre Dios, en medio de sus pobres, de sus desvalidos, comiendo lo mismo que ellos, durmiendo y viviendo en similares condiciones y siempre atento a quien requería o solicitaba su ayuda material y acompañamiento espiritual. Testigo de esto fueran las puertas de nuestra Catedral Metropolitana de Santiago, las puertas de la casa familiar de Colon, las calles vecinas al Hogar de Cristo y el destartalado portón de su Casa de la Madre de Dios.

Janrito, como le decían cariñosamente, sus más cercanos, traslado su Casa a un predio en la Comuna de Padre Hurtado, donde continuo albergó a una centena de pobres del cuerpo y el alma, hasta el último de sus días.

Podría haber sido un brillante empresario y haber ganado el elogio del mundo, tal vez alguno podría decir que si hubiera invertido “mejor” su dinero hubiera ayudado a muchos más a través de la filantropía institucional. Su vida y su opción no estuvieron libres de cruces e incomprensiones, seguramente como todo ser humano también tuvo fallos, pero y gracias a Dios, fue llamado por Jesús Buen Pastor, a vivir en la entrega total y completa en el amor, dejándonos un legado de caridad extremo e inigualable. Muchas otras cosas podría decir de Hno. Alejandro, pero me las reservo en lo profundo del corazón, como una herencia, como un desafió para mi propia vida.

Hoy, a un año de su partida a la Casa del Padre, con las manos llenas y el corazón ardiendo con el fuego intenso de la caridad, muchos elevamos una oración de acción de gracias por su paso por nuestras vidas porque fue y será reflejo de la luz que brillaba en él, Cristo Jesús, Hermano y Señor de los Locos, Pobres y Abandonados.

…y la luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la vencieron.
Jn. 1,5



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por hacer memoria de Hno. Alejandro, tuve el privilegio de conocerle en su obra en La Granja.
Fue realmente un ejemplo para todos.

Ana María Rivera F.
Santiago de Chile.

Anónimo dijo...

Que hermoso recuerdo de Alejandro. Muchas gracias , Dios le bendiga.

MDV
Santiago

Anónimo dijo...

Hoy estuve en el hogar, en Padre Hurtado, un lugar visiblemente necesitado, pero donde perdura el recuerdo imborrable de su fundador. Allí todos lo recuerdan con cariño y gratitud. El no esta, pero su obra sigue viva y con ella su espíritu siempre presente entre los pobres y necesitados.