RESPETO A LA CREACIÓN COMO DON






El ser humano es portador de un doble espejo: el divino y el terrenal, espejo del mundo y espejo de Dios: imago mundi e imago Dei. De manera tal que, por nosotros, que somos espejo del mundo, habla la creación entera. La Iglesia —y las iglesias cristianas en general— nos invitan a una actitud de respeto ante la creación. Esta actitud tiene su fundamento en que ella es un don del Creador y una impronta de su Ser. En esta actuación humana tan contradictoria y maravillosa al mismo tiempo, fundada en el legítimo anhelo de progreso propio de la modernidad, corremos el riesgo de olvidarnos de la Creación, que todo es construido por nosotros y que todo lo podemos diseñar y re-diseñar según criterios absolutos sin ninguna referencia al Creador. Este olvido de la naturaleza, de la Tierra, del cosmos como creación, es lo que nos puede inducir a una actuación desentendida de las consecuencias y a una sordera casi autista, que termina convirtiendo los entornos en una colección de objetos, en vez de una comunión de sujetos.
Podríamos parafrasear a Saint- Exupéry en Tierra de hombres y decir que lo maravilloso de nuestra morada, que es la Tierra, no es que ésta nos resguarde o nos sustente en nuestra vida, ni que seamos capaces de conocerla o gestionar los territorios, sino más bien que la morada haya depositado lentamente en nosotros sus provisiones de significados y valores. Más que alienarnos, nos vamos volviendo íntimos de la Tierra.


Es tiempo que nazca en nosotros, en nuestras familias, en los medios donde nos desarrollamos una conciencia, un grito que nos lleve a respetar a la Creación como un Don. Y hoy es el mejor día para comenzar.

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