LA DANZA GENERAL.

"Lo que es serio para los hombres a menudo no tiene importancia a los ojos de Dios. Lo que en Dios puede parecernos un juego es quizás lo que Él toma más seriamente. Dios juega en el jardín de la creación, y, si dejamos de lado nuestras obsesiones sobre lo que consideramos el significado de todo, podemos escuchar el llamado de Dios y seguirlo en su misteriosa Danza Cósmica. No tenemos que ir muy lejos para escuchar los ecos de esa danza. Cuando estamos solos en una noche estrellada; cuando por casualidad vemos a los pájaros que en otoño bajan sobre un bosque de nísperos para descansar y comer; cuando vemos a los niños en el momento en que son realmente niños; cuando conocemos al amor en nuestros corazones; o cuando, como el poeta japonés Basho, oímos a una vieja rana chapotear en una solitaria laguna; en esas ocasiones, el despertar, la inversión de todos los valores, la "novedad", el vacío y la pureza de visión que los hace tan evidentes nos dan un eco de la danza cósmica. 

Porque el mundo y el tiempo son la danza del Señor en el vacío. El silencio de las esferas es la música de un festín de bodas. Mientras más insistimos en entender mal los fenómenos de la vida, más nos envolvemos en tristeza, absurdo y desesperación. Pero eso no importa, porque ninguna desesperación nuestra puede alterar la realidad de las cosas, o manchar la alegría de la danza cósmica que está siempre allí. Es más, estamos en medio de ella, y ella está en medio de nosotros, latiendo en nuestra propia sangre, lo queramos o no".

                                                                                                                                        Fr.  Thomas Merton




Las sendas de Oku del poeta japonés Basho

¡Qué gloria!
Las hojas verdes, las hojas jóvenes,
bajo la luz del sol.

En la montaña de verano,
adoro las sandalias divinas;
viaje a la vista.

Quedó plantado
el arrozal
cuando me despedía del sauce.

De los cerezos en flor
al pino de dos troncos:
tres meses.

Pétalos de lirios
atarán mis pies:
los cordones de mis sandalias.
Bajo un mismo techo
durmieron las cortesanas,
la luna y el trébol.







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