¿Cómo me siento después de Tolerancia Cero? Carta del Padre Pedro Labrin

Para quienes no lo sepan el pasado domingo, fue invitado al programa de televisión “Tolerancia Cero” el sacerdote jesuita Pedro Labrin, acompañado del anuncio que hablaría sobre la actitud que ha tenido la Iglesia en torno la homosexualidad. Pero fuimos testigos de un dialogo en el que no respondió a ninguna de las preguntas y que me parece sembró mas dudas con los argumentos ambiguos que expreso. Una lastima porque podría haber respondido desde la doctrina de la Iglesia y libremente como caracteriza a los jesuitas, haber dado su opinión personal. Algunos creen, entre esos yo, al parecer fue aleccionado para no causar molestias a la jerarquía. Lo digo porque como mucho pude ver el video con que este sacerdote se sumo a la Campaña “Todo Mejora” y allí era muy clara sus opinión y mensaje. Les comparto una carta enviada por el P. Labrin a sus hermanos jesuitas amigos, amigas y familia.



Cuando un sacerdote o cualquier cristiano habla me parece lo debemos hacer desde el Corazón Misericordioso de Jesús, esto no significa dejar de llamar al pan pan y al vino vino.
La Katisma y su autor ora por el P. Labrin y todos aquell@s  que ejercen una pastoral de misericordia en las fronteras de la Iglesia, levantando puentes que acercan y hacen palpable la misericordia , el respeto y valoran la diversidad en que vivimos y nos movemos tod@s l@s hij@s de un mismo Dios y Padre.

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Queridos compañeros jesuitas amigos, amigas y familia:
Muchos de ustedes me han preguntado, desde las primeras horas del día, cómo me siento después de haber participado en el programa Tolerancia Cero.  Lo primero es decirles que me siento muy querido.  Experimento en cada una de sus preguntas  un abrazo cargado de emociones muy diversas y ricas.  He podido reconocer en ellas que se puede expresar apoyo incondicional, con preocupación, con legítimo orgullo, con reconocimiento de la valentía, con adhesión íntima a mi convicción, o con discrepancias; pero también –y éste ha sido el aprendizaje más potente- he podido sentir amor incondicional de mis amigos y amigas  gays y lesbianas en sus abrazos cargados de rabia contenida, de decepción, de frustración por expectativas no cumplidas y, en el fondo de cada uno de estos gestos, una profunda compasión y acogida conmigo, capaz de postergar el primer impulso al rechazo.  Me transmitieron que en el fondo saben que el deseo va más rápido que los pasos al caminar y que conocen mis deseos y también  mi sufrimiento por no poder avanzar más rápido en el camino de solidaridad que ya descubrió mi conciencia y en el cual seguiré comprometido.
Acepté ir al programa después de largos momentos de oración personal y varias consultas a personas que para mi son referentes en la Compañía, en otras instancias de la Iglesia y fuera de ella.  Este proceso me ayudó a despejar una gran interrogante “¿qué buscas Pedro?”  A priori, me inquietaba saber si acaso no  estuviera dejándome llevar por una exacerbación del ego ante la inesperada oportunidad de contar con tribuna pública.  Con limpia claridad puedo decir que no; por el contrario, elegí el camino de la identificación con Cristo pobre y humillado, que en el último tiempo se me ha regalado en gestos y palabras a través de las valiosas vidas de mis hermanos y hermanas homosexuales y lesbianas, a quienes -a pesar del maltrato institucional- no se les ha mellado la dignidad no reconocida de hijos de Dios, ni se les ha opacado el  brillo de su fe, como efectos del escarnio al que han sido histórica y biográficamente sometidos. A todas estas personas les digo con  la fuerza de mi convicción que su sufrimiento y mi impotencia no será la última palabra de Dios en nuestras vidas, porque Jesucristo muerto y resucitado es la respuesta del Dios Padre y Madre ante el clamor de sus hijos.
Siempre supe que el programa de televisión iba a ser así y siempre supe desde mi integridad personal que no respondería a la presión de preguntas cerradas del tipo “¿es pecado o no es pecado?” Reconozco con humildad que interrogantes como esa me hicieron sentir muy cerca de Jesús, cuando sus adversarios lo ponían con habilidad ante la disyuntiva si era lícito para un judío pagar el impuestos al César: Si pagaba traicionaba a su pueblo y si se negaba desobedecía el orden político.
Entonces “¿para qué fuiste, Pedro?” Para evidenciar dos cosas al menos.  La primera hacer ver que mi Iglesia está tensionada desde adentro y no principalmente desde fuera como muchas veces se nos quiere hacer creer. Somos los católicos,  la Iglesia, Pueblo de Dios, cualquiera sea nuestro lugar en ella, los que experimentamos que el abrazo redentor de Jesucristo, del que en palabras del Concilio “somos como un sacramento”, no está siendo efectivo por las limitaciones de un magisterio que no alcanza para integrar los cambios culturales de nuestros pueblos. Seguramente hay agendas políticas adversas a la Iglesia.  Es esperable que las haya en una sociedad cada vez más plural y secular, pero es a nosotros, los católicos,  a quienes nos falta ir a su encuentro para reconocer las semillas del Verbo que germina en esas posiciones, antes que parapetarnos en trinchera.  Me siento muy Iglesia cuando la opinión pública queda con la sensación que los sacerdotes no podemos decir en público lo que pensamos.  Repito, me siento muy en la Iglesia en esto, porque de verdad es así, y esta realidad –que en mí es experiencia personal- no es más que la comprobación de nuestras tensiones.
El segundo aspecto que me interesaba evidenciar, es que por muy profundas que sean las tensiones, la Iglesia en sus miembros no ha perdido la capacidad de relacionarse desde la lógica del encuentro personal que Jesucristo ha tenido con cada uno de nosotros, trascendiendo la lógica de las instituciones.  La propia historia de salvación personal y misericordia que cada cristiano lleva, cualquiera sea su orientación sexual, es la que nos habilita para abrazar, acoger, integrar, reconocer y no excluir en nombre de Jesucristo. El gesto y la palabra oportuna con el hermano sólo y desamparado, se sigue repartiendo como la eucaristía en medio de un pueblo que lo sigue recibiendo con fe sólida y sencilla, a la espera paciente del evento lejano en que esta praxis sea magisterio para heterosexuales y homosexuales, en igualdad de condiciones.
Estoy feliz, apaleado, pero feliz.  Sostenido en muchos gestos anónimos de afecto.  Sin dármelas de héroe, vivo estos momentos como una profunda confirmación de mi vocación sacerdotal en la Compañía de Jesús.  De alguna manera se me ha concedido la gracia que tantas veces he pedido en los Ejercicios Espirituales, de ser recibido bajo la bandera de Jesucristo ofreciéndome con las palabras de San Ignacio: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación, con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra infinita bondad, y delante  de vuestra Madre gloriosa, y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea tu mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como spiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado.”
Con cariño

Pedro sj


1 comentario:

Anónimo dijo...

Mucha cabeza y poco espiritu, lamentablemente hay que decir lo que uno piensa aunque moleste...no se puede quedar bien con todos. Lamentable el espectaculo, si no esta dispuesto a jugarsela por el que sufre, Ser Homosexual No es pecado Gritelo a los cuatro vientos y no venga con volteretas.