La solemnidad de Jesucristo, Rey del universo

"Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" (Jn 18, 37).
Hoy domingo, concluye el año litúrgico, celebramos la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. "¿Eres tú el rey de los judíos?" (Jn 18, 33). Jesús responde, preguntando a su vez: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?" (Jn 18, 34).
El diálogo continua, Cristo afirma: "Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí" (Jn 18, 36).


Ahora todo es claro y diáfano, Jesús revela que se trata de otro tipo de realeza, de otro tipo de reino, una realeza divina y reino espiritual. Un reino que se establece y cimienta en el amor, en los corazones, donde Aquel que es rey “El Hijo de Dios me amó y se entregó a si mismo por mí” (Gál. 2, 20)
Todos los que son de la verdad escuchan su voz (cf. Jn 18 37), y lo reconocen como rey. Este es la esfera universal del reino de Cristo y su dimensión espiritual.

"Para ser testigo de la verdad" (Jn 18, 37).

 Jesús es testigo y testimonio  fiel, que revela, acerca a nosotros el misterio de Dios y anuncia el reino ya presente. Es el primer servidor de este reino. "Obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8), y el lugar del ejercicio de su realeza es la cruz que abrazó en el Gólgota. Pero su muerte ignominiosa representa una confirmación del anuncio evangélico del reino de Dios.
"Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él" (Mt 27 42). No bajó de la cruz, como Buen Pastor dio la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). Sin embargo, la confirmación de su poder real se produjo poco después, cuando, al tercer día, resucitó de entre los muertos, revelándose como "el primogénito de entre los muertos" (Ap 1, 5).

Él, siervo obediente, es rey, porque tiene "las llaves de la muerte y del infierno" (Ap 1, 18). Y, en cuanto vencedor de la muerte, del infierno y de satanás, es "el príncipe de los reyes de la tierra" (Ap 1, 5). En efecto, todas las cosas terrenas están inevitablemente sujetas a la muerte. En cambio, aquel que tiene las llaves de la muerte abre a toda la humanidad las perspectivas de la vida inmortal. Él es el alfa y la omega, el principio y el culmen de toda la creación (cf. Ap 1, 8), de modo que cada generación puede repetir: bendito su reino que llega (cf. Mc 11, 10). Reino que cada día construimos cada uno de nosotros.

Jesús rey y pastor, hace libre al hombre que sea dejado tomar por su amor y experimentar  la verdadera libertad, que sólo Él nos ofrece, somos  capaces de amar y servir. Sin temor  vivir la exigencia que revista la Fe, como escribe el apóstol Pablo, las características de la paciencia, la benignidad y la esperanza (cf. 1 Co 13, 4. 7). Dar  testimonio del Evangelio con valentía y gran creatividad, según los talentos propios en la Iglesia y nuestra sociedad que nos necesitan hoy para dar sentido a la vida y reavivar la vida eclesial.

Con fe, alegría y esperanza  invoquemos: "Venga tu reino".

¡Venga tu reino, Señor! "Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz" (Prefacio). Amén.
"Venga tu Reino"

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